domingo, abril 29, 2007

Me parece buen momento para esto...

Si el niño nada…el loco todo.

Parece cosa de locos plantearse proyectos que pretendan cambios en cinco o seis años.
Es menos del diez por ciento de la vida de una persona.
Y no es nada en la vida de un país que mide sus tiempos en siglos y en decenios.
Cinco o seis años en el devenir de una nación se escurren demasiado rápido.
Sólo los locos se animan a intentar cambios en tan poco tiempo.
¡Y que viva los locos!

Sólo los locos se arriesgan al fracaso público y a la frustración con tribunas llenas.
En un planeta gobernado por los cuerdos, por los pacatos, por los que no arriesgan, los locos
–poco a poco- se van quedando sin lugares para intentar las transformaciones.
¿A quién se le podía haber ocurrido hace un lustro que a la natación de este país le cabía algún cambio?
¡Sólo a un loco!

Entonces la pregunta inevitable es:
¿Cómo medir todo esto?
¿Cómo medir los cambios?
¿Hay que medirlos en los cientos de niños que no pudieron dormir porque apretaban una medalla en sus manos por primera vez?
¿Hay que medirlos en la inédita emoción de un padre que se cuela casi en puntas de pie hasta el podio para sacar una foto que pondrá como fondo de pantalla o enviará a cuanto pariente tenga?
¿Hay que medirlos desde la última brazada dada con fuerza en la tribuna por una madre que nunca se metió en una piscina?

¿Con qué medir estos cinco años?
¿Con los innumerables record nacionales?
¿Con las múltiples clasificaciones internacionales?
¿Con los cronómetros detenidos antes que nunca?
¿Con las selecciones uruguayas que se desbordaron de gurises del Campus?

¿Cómo medir estos cinco años?
¿Con las mochilas llenas que hoy pasean los entrenadores uruguayos por las calles de Maldonado?
¿Con la enseñanza depositada generosamente en manos de otros, que a su vez la pasarán de mano en mano, como si se tratara de una antorcha de agua?

Parecería que no.
Parecería que esa no es la manera de medir a los locos.
Parecería que a los locos se les mide desde los cambios que consiguen en los cuerdos.

¡Viva, viva los locos!
¡Que vivan siempre los que a grito pelado consiguen mejorar a su gente!

En una sociedad que por momentos parece que se cae a pedazos, que empuja a lo mejor que tiene -a sus niños- al hiper consumo, a la droga, al alcohol, al “hacé la tuya”, al sedentarismo; que los quiere convencer que valen por lo que tienen, en una sociedad que a veces parece desintegrarse, justo ahí aparece el grito:

“¡Entreneeeeen! ¡Entrenen con cojones!”

Un grito que nos cachetea, que nos sacude, que nos despierta, que nos despabila.
Cuando cada uno de los padres, de los profesores , de los gurises, estamos por aflojarle a la vida, cuando el desánimo nos gana, cuando parece que ya no podremos seguir, cuando nos perdemos en nuestros senderos, una vez más escuchamos desde algún lugar el grito alerta de un loco que nos trae a tierra:

“¡Vaaaamos! ¡Vaaaamos, sigan, sigan, sigan, parecen unos gatos tuertos! ¡Están perdidos en un campo de lechuga, chico!”

Sí, da la impresión que hay que medir por ahí los cambios y no solamente por los podios conseguidos.
En todo caso habrá que medirlos por los podios que quedan por conquistar.

Porque la vez que creímos que nuestro hijo era mejor que el del carril contiguo, era mejor que los del otro equipo e incluso aquella vez que creímos que nuestro hijo era mejor que el de la otra cuadra sólo porque el de la otra cuadra no sabía nadar, esa vez, otro grito nos trajo a tierra:

“¡Vaaaaamos coño, vamos!! ¿Se creen la última cocacola en el desierto?”
Y una vez le dimos a las medallas y las copas la justa dimensión que tienen.

Parecería que sí, que es por ahí que hay que medir los cambios.
Porque cada vez que pensamos que estábamos llevando al Campus a un campeón del mundo, apareció el mensaje justo, dicho casi con inocencia:

“No se confundan, esta es la Liga del Pomelo”

Y una vez más advertimos que aunque a veces creemos que tocamos el cielo con las manos, es la Liga del Pomelo la que nos está premiando y en todo caso, deberá servirnos para impulsarnos hacia las grandes ligas.

Y una vez más nos fuimos reubicando en la vida, y una vez entendimos que éramos blanquitos lechosos que si no dejábamos todo en la escuela, en el liceo, en el trabajo, en el barrio, en la familia, si no dejábamos todo, vendrían los negritos de afuera y nos pasarían por arriba.
Y por suerte entendimos que no era de natación que nos estaban hablando los locos.

Por ahí habría que medir los cambios, por la humildad necesaria que nos termine de convencer que en la natación como en la vida, nada se consigue sin esfuerzo y lo que llega después del sacrificio tiene otro sabor.
Las derrotan duelen menos, porque se puso mucho para evitarlas.
Los triunfos gustan más, porque son el resultado del esfuerzo y de la entrega personal y del grupo.

Es por ahí que hay que medir a los países.
Por los cambios que consiguen los locos.
¡Y viva los locos!
De eso se trata Ibrahim, de pueblos que cuando estén desfalleciendo tengan a alguien que les diga:
“Brazo alante, brazo atrás, brazo alante, brazo atrás”
No solo como una receta para nadar, sino además como una forma de avanzar también afuera del agua.
Avanzar hacia lo sustancial, hacia lo importante, hacia lo trascendente.
¡Sííí! ¡Que vivan los locos!
¡¡Qué vivan los locos como vos Ibra!!

La gente del Campus

2 Comments:

At 6:25 p. m., Anonymous Anónimo said...

Cuando lees este articulo, no podes hacer un comentario, porque te quedas sin palabras. Se me puso la carne de gallina. No se quien lo escribio pero esta recontra requete bueno. Me hablo de VALORES.
Sandra

 
At 11:00 a. m., Anonymous Anónimo said...

Esencial para el alma !!!
Fernando

 

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